El deseo es una actitud prEposicional: “a, ante, bajo, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, pro, según, sin, sobre, tras, vía”, según la filósofa Isabel Cristina Lopera.

Posted on by | Deja un comentario

Un personaje curioso

Estoy sentando en la terraza de la Mensa de Colonia. En la mesa del lado se ha sentando un personaje que llamó mi atención desde que apareció en mi campo visual. El hombre ha sobrepasado los sesenta. De baja estatura y barriga sobresaliente. Lleva una chaqueta negra sin mangas y una camisa azul clara de manga larga. Porta una boina negra con protectores para las orejas, pantalón negro y zapatos negros. Tiene una piel muy blanca y una nariz pronunciada.

Cuando llegó apenas presté atención a su presencia, aunque desde el principio me llamó la atención su apariencia pintoresca. Sin embargo, lo que verdaderamente llamó mi atención fue advertir que el hombre sacaba un marcador negro de su bolsillo derecho (donde además llevaba un pañuelo y un guante negro doblado) y comenzó a escribir sobre la mesa del restaurante frases en latín: “MUNDE: LEX MIHIARS!”, “NIHIL DESPERANDUM”, “DUM SPIRO, SPERO!”. Seguidamente, descubrí en mi mesa unas frases escritas en latín con la misma caligrafía: “SAPERE AUDE!”, “UNA CUM DEO NEMO VIRES HABET!”. Miré al tipo de nuevo e intenté atraer su atención fijando en él mi mirada, pero entonces advertí que se estaba quedando dormido en la mesa. Sus ojos se habían cerrado y cabeceaba de vez en cuando. No aguanté la curiosidad y lo interpelé preguntándole por qué escribía frases en latín en la mesa. La pregunta lo despertó. Me respondió que estudiaba latín y estaba escribiendo un libro sobre aforismos desde los tiempos antiguos hasta nuestros días. Vaya proyecto! El tipo contó que había estudiado latín en el colegio y luego había estudiado también farmacéutica. Comparaba ambos estudios y resaltaba las bondades de los estudios clásicos.

Yo lo escuchaba con atención mientras observaba ciertos detalles de su indumentaria que antes había pasado por alto: llevaba corbata azul oscura muy bien atada y un chal también azul oscuro con diseños amarillos. Tenía el bolsillo de la camisa atiborrado de lapiceros finos, le colgaban unas gafas del cuello, tenía varios botones con motivos marineros pegados a la boina. Hablaba un inglés aceptable aunque frecuentemente le faltaban las palabras y entonces farfullaba palabras en alemán o en latín mientras intentaba encontrar la palabra adecuada en su memoria. De vez en cuando un poco de saliva se asomaba a sus labios y amenazaba con caer sobre su camisa.

El hombre estuvo hablando largamente de su vida y sus estudios. Hablaba de esa manera arrogante en la que el locutor se concentra en sí mismo, como quien habla ante el espejo sólo por el placer de verse y escucharse hablar sobre su vida y sus virtudes. Citaba de vez en cuando algún proverbio y se puso a comentar un aforismo de Goethe según el cual no hay que tratar de instruir a los necios sino ignorarlos y dejarlos de lado. Decía entonces que según él el 95% de la gente era estúpida y no valía la pena perder el tiempo con ellos.

Estaba tan arrobado en sí mismo y en su discurso que pasó por alto, no sólo mi fisionomía típicamente sudamericana, sino también mi inglés deficiente, y me preguntó si yo venía de Inglaterra. Luego de saber que era Colombiano, me preguntó sin mucho interés qué hacía en Alemania. Cuando le dije que estudiaba filosofía comenzó entonces a hacerme una serie de preguntas para las que yo no tenía respuesta, pero cuya respuesta él conocía de antemano y tenía por indiscutible. Así me preguntó: “Por qué dios había creado tanta gente estúpida y tan poca inteligente, por qué no habría hecho un porcentaje equilibrado, un 50% estúpidos y 50%” inteligentes? Cuando le dije que no tenía la menor idea pareció asombrado, insistió e hizo algunas variaciones de la pregunta invocando siempre la voluntad de dios. Me miraba con cierta decepción, como si el hecho de estudiar filosofía me obligara a tener todas las respuestas a sus preguntas. Fue entonces que cometí el error de decirle que no aceptaba la premisa de la existencia de dios, porque entonces nuestro diálogo se convirtió en una pelea de sordos.

Él insistía en que la perfección del mundo y la naturaleza demostraban que debía haber un ser infinitamente inteligente tras su creación. Tenía que haber alguien que hubiera creado el cosmos a partir del caos. Me preguntaba cómo podía explicar yo el paso del caos al cosmos sin la intervención de un ser divino. Traté de explicarle que yo aceptaba parcialmente alguna versión de la teoría del Big-Bang y de la evolución natural de las especies, y una vez que se aceptan estas teorías, ya no hay ninguna necesidad de apelar a un poder divino para explicar la aparición de la vida y la vida inteligente. Todas mis explicaciones eran vanas, el tipo de empecinaba por todos los medios y de manera un tanto desordenada en demostrar que aún aceptando todo eso era aún necesario apelar a un ser supremo.

Al día siguiente al pasar de nuevo por aquel lugar, noté que el tipo había escrito en muchas de las mesas del restaurante estudiantil. Había algunas inscripciones muy viejas, ya borrosas, y otras más recientes. Creí que encontraría allí escrito un borrador de aquel libro que el tipo estaba escribiendo con infinidad de aforismos provenientes de diferentes épocas. No sin cierta decepción, constaté que las frases se repetían: “SUAE QUISQUE FABER EST”, “CARPE DIEM”, “INGENIUM POTIOR PECUNA!”. También encontré algunas frases en inglés: “WHILE BREATHING, I’LL HOPE!”, “DON’T WORRY, BE HAPPY” que se repetía incasablemente. Firmaba: “TILL”.

Publicado en Crónicas | Deja un comentario

Sentimentalismo

En el prefacio de Atala, Chateaubriand escribe que una de las grandes miserias del hombre es su incapacidad para conservar un sentimiento, sea este la alegría, la tristeza, la melancolía… Esto me parece totalmente cierto, salvo en ciertos casos. Personalmente, creo que hubo un tiempo de mi vida donde alimenté por largo tiempo un sentimiento e incluso en ese momento sentía que podría alimentarlo para toda la vida. Durante una parte de mi adolescencia conservé cierto sentimiento de fuerte melancolía y tristeza que creí que duraría toda mi vida. Incluso, luego, dados ciertos acontecimientos, me sentí extremadamente desdichado y llegué a verme reflejado –me avergüenzo de reconocerlo- en Florentino Ariza, el personaje principal del Amor en los Tiempos del Cólera de García Márquez. Obviamente, el hecho de que este sentimiento no exista ya corrobora la sentencia de Chateaubriand, pues mi sentimiento finalmente ha desaparecido. Como dice el proverbio, “no hay mal que dure toda la vida ni alma que lo resista”. De todas maneras, creo que la adolescencia sí tiene algo de ese poder conservador de los sentimientos y en la medida en que se va creciendo este poder se va perdiendo –idea que por lo demás creo que es un lugar común del romanticismo. Esta fue mi sensación. Sentí que poco a poco iba perdiendo la capacidad de evocación, de imaginación, de dolor, de afección, etc. Y cuando sentía esto trataba de revivir aquellos sentimientos con las actividades que normalmente me los producían. Esto daba resultado a veces, y aún a veces da resultado. Sin embargo, cada vez son más escasos los momentos en que me llega tal sentimiento. Definitivamente esto es tener una visión muy romántica de la niñez y adolescencia, pero tengo que reconocer que esta es la visión que yo tengo de esta parte de mi vida.

París, 8 de Julio de 2008

Publicado en Reflexiones domingueras, Uncategorized | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El Reduccionismo Cartesiano

Los clásicos siempre dan de qué hablar, son aparentemente inagotables. Hace días vengo escribiendo comentarios sueltos sobre el genio cartesiano, y cada vez encuentro nuevos temas para comentar.

Ahora quiero abordar un tema que me fascina: el reduccionismo cartesiano con respecto a la mente. Mi fascinación frente a este tema estriba en el hecho de que Descartes es tenido por la mayoría de los filósofos de la mente como el anti-reduccionista por antonomasia. Aquellos filósofos de manual, de saco y corbata, dirán que uno de los principales aportes (para no hablar de “dogmas”) del genio cartesiano fue la caracterización y distinción irreducible de cuerpo y alma. La tesis ontológica del dualismo cartesiano es que hay dos sustancias independientes la una de la otra: por un lado tenemos la res extensa con sus propiedades particulares, y por el otro la res cogitans con sus propiedades particulares. Cada una de estas sustancias tiene una existencia independiente e irreducible a la otra. No voy a entrar en más detalles respecto a la caracterización de cada una de estas substancias, pues ya he hablado sobre este asunto en otras entradas de este Blog, Blog2.

Ahora bien, lo que pocos saben o lo que pocos quieren advertir es que Descartes fue un reduccinista en su época. La tradición escolástica, contra la que construye nuestro genio su sistema, había heredado de Aristóteles la teoría tripartita del alma según la cual había tres tipos de almas: vegetal, animal y racional (ver De Anima). El alma vegetal se encargaba de la nutrición, crecimiento y la reproducción. El alma animal del movimiento y la locomoción.  Y finalmente, el alma racional del pensamiento y raciocinio propiamente humanos. Según la teoría aristótelica, todos los seres vivos tendrían cierto tipo de alma (mente) que les permitiría llevar a cabo ciertas funciones y los individuaría en tanto vegetales, animales o humanos. Enfrentado a tal tripartición del alma, Descartes tuvo que ponerse en la tarea de organizar y clarificar un poco estas ideas empolvadas por el peso de los siglos.

La reacción cartesiana ante la tesis tripartita del alma fue la negación rotunda y la reducción. Según él, postulamos el alma para explicar un proceso que no tiene una explicación alternativa en términos mecanicistas. En este sentido, postular un alma para explicar la nutrición parecía excesivo dados los conocimientos ganados sobre la biología y  las formas de vida vegetales. Estos tipos de vida podían explicarse de manera puramente mecánica, de la misma manera en que puede explicarse el funcionamiento de un reloj. Lo mismo sucedía con los fenómenos de movimiento y locomoción; los avances tecnológicos de la época mostraban que era posible construir autómatas que se movieran mecánicamente sin la intervención de un alma. El razonamiento, en cambio, no podía ser entendido en términos físicos ni mecánicos.  Descartes procedió entonces a reducir las funciones de nutrición y locomoción al cuerpo, res extensa, y dejó la categoría de alma, res cogitans, exclusivamente para aquellos fenómenos de razonamiento, pensamiento y entendimiento. De tres almas que teníamos con Aristóteles, el genio cartesiano nos dejó con a una sola! Se trata pues de una reducción a todas luces.

Esta lectura anti-hermenéutica del reduccionismo cartesiano me lleva aún más lejos. Imagino al bueno de Descartes en nuestro tiempo, con todos los datos de las neurociencias a la mano: correlaciones entre funciones mentales y regiones cerebrales, lesiones cerebrales que causan deficiencias en las capacidades mentales, enfermedades neuronales que se manifiestan con la degeneración de la cognición, uso de dispositivos mecánicos para suplir partes del cerebro atrofiadas y a su vez sustentar funciones cognitivas (por ejemplo, el uso de retinas artificiales en pacientes ciegos -y sí, la retina también es parte del cerebro!). Con todos estos datos presentes, imagino al genio haciendo el siguiente raciocinio análogo al anterior: las funciones que tradicionalmente hemos considerado como inexplicables física y mecánicamente, aquellas que yo alguna vez creí que eran realizadas exclusivamente por la mente o el alma (entendimiento, memoria, razón, voluntad, imaginación, pasiones, percepción*), son verdaderamente realizadas por el cerebro. Por ejemplo, la percepción visual es realizada por el cortex occipital, un mecanismo que funciona como funciona cualquier sistema mecánico. Lo mismo pasa con las demás capacidades mentales tales como la volutad motriz, el lenguaje, la imaginación, el razonamiento, la emoción, etc… ergo, podemos reducir la mente racional, la res cogitans, al cuerpo, res extensa, y más particularmente al cerebro. Mi impresión general es que Descartes no fue dualista por convicción ni porque lo llevaran allí sus razonamientos, sino por desinformación. Descartes, hoy en día, sería el más denodado reduccionista!

* Cabe aclarar que para Descartes esta es una función problemática porque es medio corporal, medio mental.

PD: ya sé que hay tensión entre mis diferentes entradas sobre Descartes y mis interpretaciones del mismo. Pero mi interés no es realizar una exégesis unificada e histórica de las ideas del genio cartesiano.

Agradecimientos a Isabel C. Lopera, gracias a sus comentarios esta entrada tiene menos errores.

Publicado en Notas Anti-Hermenéuticas, Reflexiones domingueras | Etiquetado , , , , , , , , | 1 comentario

Soneto

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Posted on by | Deja un comentario

Puesta de sol

“Lo mejor de ver ponerse el sol cuando se está a cientos de kilómetros de la superficie de la tierra es que, cuando éste se pone en la línea sangrienta del horizonte, uno sigue viéndolo. El sol va bajando y enrojeciendo, va bajando hasta sumergirse entre las nubes y uno sigue viendo su silueta roja entre las nubes. El sol sigue mostrándose en un intento de no dejarse ahogar por esos cuerpos gaseosos que forman como un rebaño enorme de ovejas compactamente reunidas. El cielo se me antoja eso: un rebaño de ovejas atiborradas que han venido a pastar sobre este pedazo de tierra y la puesta del sol como la aparición de un matarife que viene blandiendo su hoz de norte a sur y pasa dejando un rastro de sangre”.

Publicado en Reflexiones domingueras | Deja un comentario

Filosofía y literatura

A veces, cuando en el curso de un diálogo el tema deriva –o degenera- hacia el objeto de mis estudios, me veo forzado a dar una gran excusa disfrazada de relato autobiográfico. El relato que usualmente sigue a la pregunta de por qué escogí estudiar filosofía es el siguiente. Cuando terminé mis estudios básicos y me disponía a entrar en la Universidad, quería estudiar literatura. Pasaba mi tiempo leyendo novelas y cuentos, y soñaba con ser un gran escritor. Sin embargo, por aquella época, una amiga que estudiaba literatura en la Universidad me previno contra la opción de enrolarme en esta carrera porque recientemente había habido una serie cambios que la hacían menos grata e interesante; cambios como el aumento en el número de cursos sobre pedagogía y la disminución de cursos literarios. La confusión causada por tal noticia fue resuelta, días, meses después, tras leer algunos pasajes donde Borges afirmaba que la filosofía era una rama de la ciencia ficción, y otros donde decía que era una forma refinada de poesía. La inferencia fue inmediata: “Si la filosofía es parte de la literatura, y yo quiero estudiar literatura, entonces me inscribo a estudiar filosofía y fin del problema!”.

Ahora bien, este relato es más ficción que otra cosa. Es una reconstrucción a posteriori embellecida del proceso oscuro para mí, confuso, y hasta inexplicable de tal decisión. Lo único que recuerdo es que efectivamente quería estudiar literatura y me pareció que el título de la carrera “Filosofía y letras” apuntaba hacia dónde me impulsaba mi interés. No recuerdo si ya había leído la cita de Borges entonces, pero más que ser una cita textual de alguno de sus ensayos es una interpretación de uno de sus cuentos donde él describe así la filosofía de Tlön. Como ya lo he dicho, ésta es una excusa disfrazada de mi falta de claridad sobre mi toma de decisión, una ficción deliberada de la manera en que me hubiera gustado haber hecho tal elección.

Han pasado ya más de ocho años desde el momento que narra la historia, ocho años dedicados al estudio de la filosofía y la literatura, aunque debo reconocer que la filosofía ha opacado en gran medida a la literatura. Y hoy me pregunto cuánta verdad hay en la frase “la filosofía era una rama de la ciencia ficción (o de la literatura en general)”. Sospecho que los filósofos profesionales negarán rotundamente esta afirmación, como si su verdad implicara un detrimento al estatus o importancia de su disciplina. Y con toda razón. Si la filosofía no fuera más que una rama de la literatura, no habría justificación para crear institutos de filosofía separados, ni congresos de filosofía, ni… El caso es que el filósofo perdería su lugar privilegiado entre las demás disciplinas en tanto que juez de la verdad, como Rorty bien lo ha señalado. El filósofo se vería relegado a ser otro más entre los diferentes productores de discursos, y no sería más el poseedor de la verdad, aquel que juzga los discursos de las otras disciplinas.

Es de esperar, pues, que esta frase jamás sea proferida ni su verdad confesada por un filósofo profesional. Yo mismo fui conducido a creer que la filosofía era una disciplina totalmente diferente a la literatura. La filosofía busca la verdad mediante la reflexión metafísica y epistemológica, mientras que la literatura es un mero divertimento de palabras, una ficción que no alcanza ni siquiera a rozar la realidad. Sin embargo, esta imagen se ha ido desvaneciendo a lo largo de mis estudios.

¿Cuál podría ser el estatuto privilegiado de la filosofía, qué podría darle tal visión especial sobre la verdad, cuando luego de más de veinte siglos los filósofos profesionales siguen discutiendo las tesis de Platón y Aristóteles y debatiendo sobre la interpretación más adecuada de éstos? Si la filosofía tuviera un acceso especial a la verdad (metafísica o epistemológica), no habría razón alguna para tal cantidad de divagaciones. Borges lo sabía y se burlaba de ello. Se burlaba de la pretensión de alcanzar la verdad  de la filosofía y de los pobres resultados que tal empresa producía, productos cercanos a aquellos de la ciencia ficción (por eso me gusta tanto la expresión popular “pajazos mentales” para calificar los productos de la filosofía). Qué otra cosa podrían ser la teoría de las Ideas de Platón, las disputas escolásticas sobre la vida de los ángeles, el debate entre racionalismo y empirismo, entre muchos otros ejemplos ilustres.

El lector ilustrado o el lector filósofo me objetará que esto era efectivamente un problema de la filosofía clásica, pero no un problema de la filosofía actual, la filosofía contemporánea que se ha desembarazado de la metafísica y sus derivados. La desencanto por la metafísica es un legado del siglo XX. Pero, si bien nuestra aversión por la misma está justificada, no por ello debemos creer que la hemos superado definitivamente o eliminado del discurso filosófico-científico. Basta con leer a Wittgenstein, a Rorty, o a Dennett para darse cuenta de cuánta metafísica se oculta detrás de los discursos ampliamente aceptados que se siguen repitiendo en los libros contemporáneos y discursos que se dicen “científicos”. Cuánta metafísica hay detrás de conceptos como “mente”, “verdad”, “conocimiento”, “naturaleza”, “objetividad”, “bien”, “justicia”, “moral”, etc. Es por eso que la filosofía, después de todo, sí me parece una rama de la literatura y, en especial, de la ciencia ficción.

Publicado en Reflexiones domingueras | Etiquetado , , , , , , | 1 comentario