Nuestra relación con la divinidad

La música del dholak y el armonio indios siempre me recuerdan mis visitas a los santuarios de la India. Fuera un templo hinduista, jainista, sijista o islámico, siempre había música a la hora de la oración, a la hora del encuentro con la divinidad.

Recuerdo particularmente el asombro y admiración que sentí al ver cómo los fieles adoraban con cánticos y danzas a Vishnú en un templo de Udaipur. Un hombre extasiado tocaba una música festiva en el armonio  y era acompañado por otros dos: uno tocaba un tambor y el otro las karátalas (unos platillos pequeños). Los demás fieles cantában y daban palmas. Pero lo que más me sorprendió fue ver a las mujeres pasar una tras otra a bailar frente a la representación de Vishnú. Le bailaban al dios, movían sus caderas y sus brazos en torno a él, le sonreían y se notaba una alegría cómplice.  Se podía decir que bailaban con la divinidad.

¡Qué diferente es nuestra relación con la divinidad! Nuestra relación arrodillada, encorbada, pálida, escuálida, triste, solemne, tímida, temerosa, acongojada, adormilada. Nos han enseñado a guardar silencio en la iglesia, hablar bajo, mirar al piso, inclinarnos frente a las imágenes de la divinidad. Nos hacemos pequeños, nos apocamos, nos volvemos insignificantes y pecadores irremediables ante lo divino. No bailamos con ella, la divinidad nos aplasta.

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La inteligencia animal

La inteligencia animal* es quizás uno de los temas más interesantes en psicología cognitiva actual, y uno que, sin lugar a dudas, desata las más acaloradas discusiones. Tal interés tiene varias causas (entre otras): a) por un lado, está el hecho básico de que no tenemos acceso a las mentes animales y por ello todo juicio al respecto está basado en la observación de su comportamiento e inferencias sobre sus posibles causas. Las mentes animales son, ante todo, un misterio para nosotros. b) La tradición cartesiana nos legó la idea según la cual los animales no tienen inteligencia ni mente, son meros autómatas. Por lo tanto, concebir siquiera la idea de inteligencia animal resulta un poco transgresivo con la tradición, y transgredir la norma siempre ha sido divertido. c) Finalmente está la parte anecdótica. Siempre que surge el tema en la conversación, hay alguien que tiene una historia que contar al respecto.
He de confesar que, hasta hace poco, el tema de la inteligencia animal me tenía un poco cansado. Recuerdo, con cierto hastío, el programa de una gran conferencia sobre los animales que hicieron hace un tiempo en Utrecht: los animales y la naturaleza, la psicología animal, los animales en la literatura, los derechos de los animales… Los animales al derecho y al revés, por delante y por detrás, en todas sus facetas. Pero más que esto, es el método actual de las ciencias cognitivas para estudiar el tema lo que me parece aburrido y falto de gracia. Tal método consiste en crear una serie de estímulos artificiales relacionados a una capacidad cognitiva (sea percepción, memoria, razonamiento…) y determinar un comportamiento adecuado a cada estímulo (hundir un botón, mover una palanca, tocar una parte de la pantalla), que permita medir (y luego “inferir”) el desempeño cognitivo del animal en la capacidad cognitiva predeterminada. Si bien este método tal vez sea la forma más rigurosa de medir lo que se quiera medir. Es obvio que viola las condiciones ecológicas mínimas en las que la cognición animal naturalmente se desenvuelve.
Mi interés por la inteligencia animal fue recientemente reavivado por una historia que me contó Jorge Arbeláez. Él estaba visitando un parque de Berlín, cuando de repente sintió que algo cayó rozando su cara de la rama de un árbol. Al mirar al suelo descubrió que se trataba de algún tipo de nuez o semilla, y al mirar hacia la rama vio un cuervo negro que respondió a su mirada con un graznido. Jorge decidió continuar su camino, pero luego de dar unos cuantos pasos sintió que el pájaro volada nuevamente sobre su cabeza, dejando caer de nuevo la nuez a su lado. Impaciente y un poco molesto por el comportamiento del animal, pisó la nuez y quebró su cáscara. Inmediatamente, tras continuar su marcha, el cuervo voló sobre la cáscara destruida y recogió la parte interna de la nuez a su paso. Había logrado su objetivo.
¿Qué capacidades cognitivas debía tener el cuervo para lograr tal hazaña? Además de la percepción y la capacidad de acción, necesita el razonamiento y la planeación para determinar lo que debe hacer para lograr su objetivo. También necesita la memoria para recordar los sucesos relevantes del pasado que podrían ayudarle a resolver el problema de abrir una nuez. En cierta medida y según cierta interpretación, necesita una capacidad de lectura de mentes (o teoría de la mente) que le permita predecir cómo actuará el otro sujeto al lanzarle un objeto.
Este tipo de anécdotas sobre las capacidades sorprendentes de ciertos animales fueron, y continúa siendo, uno de los principales motivadores de la investigación en psicología animal. Hay que volver la atención sobre la magia de los hechos –o mejor, de los relatos de los hechos– para revivir el interés por este tema.

* Para los puristas: aunque estoy seguro de que todo el mundo entiende de inmediato a qué me refiero por “animales”, cabe aclarar que uso este término para designar única y exclusivamente a los “seres animales no humanos”.

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Las luces de Medellín en la noche

Desde mi balcón contemplo la ciudad. Las noches de Medellín están teñidas de luces multicolores. El blanco, el rojo y el amarillo rompen la oscuridad y dejan entrever la otra cara de nuestra urbe. Los colores de la noche evidencian lo que las voces callan. Estas luces cantan las verdades que nadie quiere saber ni escuchar.

Luces blancas al Sur, luces amarillas al Norte. El blanco y amarillo no sólo indican las direcciones opuestas de la brújula, sino que son los colores de la riqueza y la miseria –como Aire María Mancini bien me lo señaló. Los ricos compran aquellas bombillas ultramodernas que generan la luz blanca. Bombillas ahorradoras de energía que reducen la cuenta de sus servicios cada mes. Los probres no pueden darse el lujo del ahorro y se ven obligados a seguir iluminando sus noches con el amarillo antiguo de aquellas bombillas en desuso. Las luces de Medellín delatan la desigualdad de sus pobladores

Unas pocas luces rojas descuellan en las puntas de los edificios y en las antenas de telecomunicaciones en los cerros. Nos recuerda que Medellín es una ciudad de alturas naturales y artificiales que van invadiendo todo el horizonte. No sólo la oscuridad de la noche sino incluso la de la montaña son teñidas por las luces de los edificios y las antenas que van devorando todo el espacio. Abajo el rojo es de los autos, esas hormigas tóxicas que infestan las avenidas y asedian a toda velocidad al transeúnte; porque en mi ciudad la vía es del que va montado sobre uno de estos trastos. Las luces rojas gritan una vez más lo que nadie quiere escuchar.

Noche tras noche desde la montaña de enfrente sobresale un rayo poderoso de luz blanca. Ondea de Norte a Sur describiendo las formas sinuosas femeninas que invita a degustar. Luz que invita, luz que llama. Cada noche Medellín es bañada por la luz lechosa de un lupanar. Me pregunto cuántas personas saben el origen de esa luz. Cuántos piensan al verla que ésta no es más que un signo de la condición de nuestra sociedad.

Las luces de Medellín dicen más de lo que muestran. Hablan de nosotros, de nuestras acciones, de aquello que preferimos callar. No sólo hay que verlas, hay que escucharlas.

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El olor de las niñas

La otra vez en Tubinga, vi unas niñas disfrazadas con faldas rojas y trenzas en el cabello. Tendrían entre trece y quince años. De repente se levantaron y corrieron por el pasillo dejando un aroma de lirios sacudidos por el viento.

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El Solipsismo y las Otras Mentes… Comentario sobre una pregunta.

Hace poco durante una charla que di en la Universidad de Antioquia, en la sección de preguntas, un joven me hizo una pregunta difícil. Una de esas preguntas filosóficas de vieja data, cuya característica principal es la de despertar un interés inmediato y carecer de una respuesta definitiva. En otras palabras, se trataba de una de esas preguntas que los filósofos siempre sacan de debajo de la manga con el fin de llamar la atención del público y con la pérfida intención de poner en aprietos a su interlocutor (pues saben de antemano que no hay una respuesta definitiva).

Palabras más, palabras menos, la pregunta era sobre cómo podía superar el solipsismo mi teoría. Para los que de pronto no saben, solipsismo es aquella teoría que dice que sólo existe una sola mente, la propia, y las demás mentes son únicamente una ilusión, en realidad no existen. Tal como dice John Searle, no hay un solo filósofo solipsista en la historia que se haya auto-proclamado solipsista, y en caso de haberlo simplemente no tiene ningún interés en contárnoslo; después de todo, los demás no existimos para él.

El caso es que no sólo se trata de una pregunta artera, sino que tiene un presupuesto bastante problemático. Presupone que el solipsismo es un problema que toda teoría de la mente debe resolver, un desideratum, una exigencia explicativa. Sin embargo, cabe recordar y subrayar que el solipsismo es más una idea teórica, importada de los territorios lejanos de la especulación metafísica, que una condición real del ser humano o su mente. Wittgenstein fue uno de los primeros filósofos en analizar y denunciar el absurdo del solipsismo y la creencia de que el significado está dado subjetivamente. Sin embargo, su estrategia no fue decir que el solipsismo es superado o resuelto gracias a la vida comunitaria y a la construcción colectiva del sentido. Su estrategia fue más bien mostrar que la intersubjetividad misma está a la base de nuestra interacción básica con el mundo. Es decir, no hay solipsismo que superar porque la intersubjetividad está a la base de nuestros intercambios con el mundo y con los otros. Así, el solipsismo, desde la perspectiva wittgensteiniana, no es una condición, no es un problema a resolver, no es siquiera una opción real, sino una aberración de la metafísica y el pensamiento inspirado por la misma.

La  idea básica que quiero compartir en esta entrada y sembrar en las mentes curiosas es que la metafísica y su repertorio de preguntas deberían ser guardadas en el baúl de las reliquias filosóficas, y no ser tomadas demasiado en serio en el futuro. Está bien conocerlas, está bien mirarlas y estudiarlas para hacer una arqueología del pensamiento. Pero hoy la filosofía y la psicología tienen nuevos retos inaplazables, nuevas preguntas que necesitan ser pensadas y discutidas. No limitemos nuestra imaginación y nuestros recursos al eterno ritornelo de la metafísica. El mundo actual con su intrincada red de conocimiento, de comunicación, y los nuevos problemas globales tiene suficiente material para ocupar nuestras mentes.

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Las alemanas, los alemanes y su mal vestir

No podría decir que conozco en detalle y con precisión los diferentes tipos de mujeres europeas. Sin embargo, me atrevería afirmar que las alemanas son singularmente poco atractivas, para usar un eufemismo o circunloquio. Carentes de gracia, frías, desapasionadas, y con cierto espíritu de tía.

Tampoco les ayuda su forma de vestir. Su mal gusto es aparente. Se visten sin el menor cuidado de lo que se ponen. Peor aún, se visten con la moda masculina. Jeans, camiseta y tenis, acompañado por una chaqueta deportiva en primavera, otoño e invierno (el verano es la única estación donde sacan sus prendas propiamente femeninas; lástima que dure tan poco). Muchas veces cuando uno va en el metro y ve una figura de reojo, no sabe bien, simplemente por su forma de vestir, si se trata de un hombre o una mujer.

Pero el mal vestir no es un asunto exclusivo del género femenino. Claudia, una amiga música, comentaba el otro día, que basta ir de viaje a cualquier parte del mundo para percatarse de la elegancia en el vestir de la gente. Cualquiera se viste mejor que un alemán.

Una de las prendas favoritas de los alemanes, que yo detesto, son las chaquetas deportivas. Las usan a toda hora. Llamo así a aquellas chaquetas de tela impermeable, parecida a tela de carpa, generalmente de colores llamativos. Uno sale a la calle y se tropieza con una horda de gente que parece envuelta en sus carpas.

P.S. Tal vez lo que acabo de escribir sobre el mal vestir no aplique para toda Alemania. He escuchado que en ciertas ciudades como Dusseldorf o Hamburgo, la gente toma más cuidado en su atuendo.

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Alemania y los alemanes (2)

Otro rasgo fundamental de la cultura alemana, o más bien de los alemanes, es su obsesión con el control de las circunstancias, la previsión y la rigidez en los procedimientos. Esto suena muy abstracto, pero ya les doy un par de ejemplos que aclararán lo que digo.

Hace poco me encontré con un vecino que salía a montar en bicicleta. Le pregunté a dónde se dirigía y me dijo que iba simplemente a dar una vuelta, a visitar algún barrio vecino. Me llamó entonces la atención el dispositivo GPS que ajustaba en el manubrio  de su bicicleta: ¿tanta tecnología para ir a darle la vuelta a la manzana? Mayor aún fue mi sorpresa cuando descubrí que además llevaba bajo el brazo un mapa de papel enorme de la ciudad. No me atreví a preguntarle para qué necesitaba tantos mapas.

Otro ejemplo claro de la psicorigidés alemana es cuando se recibe un invitación para ir a salir una noche a comer y beber con los amigos con un mes de anticipación. El año pasado recibí a principios de octubre una invitación de una pareja de amigos para salir con ellos y sus amigos a finales de noviembre. Tuve que poner un recordatorio en mi calendario e incluso una alarma para no olvidarlo. Definitivamente yo no funciono con esta lógica.

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